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Extracto

“No podía echarme sobre él, por encontrarme sentado, y me encontraba sentado porque él estaba sentado. No se sabe cómo ni por qué el sentarse se destacó en primer plano y se convirtió en el mayor obstáculo.”

― ¡Espíritu! –exclamé-. ¡Yo… espíritu! ¡No un autorcito! ¡Un espíritu! ¡Yo, vivo! ¡Yo!

 

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Afiche de Jerzy Czerniawski.


Pero él estaba sentado y estando sentado permanecía sentado de modo tan sentadesco, se arraigaba tanto en su sentarse, que el sentarse, siendo insoportablemente tonto, era al mismo tiempo dominador.
Y, sacándose los lentes de la nariz, los limpió con el pañuelo y se los puso otra vez… Y la nariz era algo indecible y a la vez invencible. Era ésta una nariz narizada, trivial y notoria, escolar y pedagógica, bastante larga, compuesta de dos caños paralelos y definitivos.

 

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Dibujo de Andrzej Mleczko para el programa de una adaptación teatral de “Ferdydurke” por Bogdan Husakowski, Łódź, 1986.


― ¿Qué espíritu, por favor?
― ¡El mío! - exclamé.
― ¿El suyo? – preguntó él entonces. Es decir, claro está, el espíritu patriótico de la Patria…
― ¡No! ¡No el espíritu de la Patria, sino el mío!
― ¿El suyo? -dijo él bondadosamente-. ¿Así que creemos tener un espíritu propio? ¿Pero acaso conocemos por lo menos el espíritu del rey Ladislao?
Y permaneció sentado…
― ¿Qué rey Ladislao?
¡Me sentía como un tren desviado de golpe y porrazo a la vía muerta del rey Ladislao! Frené y abrí la boca, dándome cuenta de que no conocía el espíritu del rey Ladislao.
―Pero ¿conoce usted el espíritu de la Historia? -preguntó él entonces-. ¿Y el espíritu de la civilización helénica? ¿Y el de la gálica, espíritu de armonía y de buen gusto? ¿Y el espíritu de un escritor bucólico del siglo XVI quien por vez primera usó en la literatura la palabra “ombligo”? ¿Y el espíritu del idioma? ¿Cómo se debe decir: “el puente” o “la puente”?

 

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Cuculeíto, juego de piernas, batalla de gestos: el mundo colegial caricaturizado por Witold Gombrowicz. Dibujos de Michał Braniewski.


La pregunta me tomó por sorpresa, cien mil espíritus me aplastaron de golpe el espíritu; tartamudeé que lo ignoraba, y entonces me preguntó qué podía decir sobre el espíritu de Mickiewicz y cuál era la actitud del poeta frente al pueblo. Me preguntó todavía por el primer amor de Lelevel. Tosí y me miré furtivamente las manos, pero las uñas estaban limpias, no había nada escrito en ellas. Entonces miré a mi alrededor como esperando que alguien me soplara, mas no había nadie alrededor. ¿Sueño? ¡Cielos! ¡Qué pasa, Dios Mío!

Ferdydurke, capítulo 1 “El rapto”.